martes 15 de julio de 2008

Cuentos chinos: Amor a secas

La noche en que sus miradas se cruzaron en uno de esos tugurios que proliferan en las ciudades estudiantiles, no fueron los únicos en advertir el brillo de sus ojos. “Demasiado humo en el ambiente”, explicarían unos. “Exceso de alcohol”, determinarían otros. “A saber qué no se habrán metido”, apostillaría alguien perniciosamente. “Amor”, lo llamarían ellos. Amor a secas.
Aquella noche la comunicación resultó, por así decirlo, un tanto grasienta. El volumen desmedido de la música (contaminación acústica, en palabras de un técnico contratado por la insomne comunidad de vecinos) impidió el intercambio de palabras audibles. A ellos, que no estaban para tales consideraciones, les bastó con la proximidad de sus cuerpos danzantes.
El azar quiso que al día siguiente coincidieran en unos de esos comedores universitarios que tanto abundan en las ciudades estudiantiles. Las condiciones eran propicias, esta vez sí, para que se estableciera una comunicación como mandan los cánones, sin nada que dificultara que el mensaje llegara nítidamente del emisor al receptor. O casi nada: no tardaron en advertir que cada uno hablaba un idioma diferente, incomprensible para el otro. Ni una palabra entendían. Este contratiempo, lejos de amedrentarles, supuso un motivo de celebración, y rieron y hablaron, cada uno en su idioma, durante toda la comida.
Al caer la noche, ya de regreso en sus habitaciones, se preguntaron por el extraño idioma del otro. Ella creía reconocer resonancias orientales y se entretenía buscando en internet su posible lengua. Él hacía girar el globo terráqueo que tenía sobre el escritorio y jugaba a detenerlo con el dedo. Sentía una satisfacción inexplicable cuando el índice se posaba sobre Groenlandia. Le gustaba pensar que ella era de Groenlandia.
Volvieron a reencontrarse en el mismo comedor de la víspera (a saber cómo acordaron la cita) y reanudaron la conversación, si a este intercambio de frases en idiomas distintos se le puede catalogar como tal, con idéntico entusiasmo. Las palabras de uno se solapaban con las del otro y rellenaban los silencios con risas fervorosas, a pesar de que seguían sin entender ni una palabra.
Así fue que transcurrió el curso académico. Ella insistía en la búsqueda de su posible idioma. Él se empecinaba en posar el índice en Groenlandia (había desarrollado tal pericia que acertaba tres de cada cuatro veces). Mientras tanto, los espectadores ocasionales asistían perplejos al espectáculo de conversaciones cruzadas en distintos idiomas. Ellos parecían no reparar en su estupefacción y seguían a lo suyo como si tal cosa.
Cierta tarde se dio la circunstancia de que concluyeron una frase al mismo tiempo y la última palabra que pronunciaron resultó idéntica. De pronto dejaron de reír y se miraron atónitos, como si no comprendieran. No han vuelto a verse desde entonces.

miércoles 9 de julio de 2008

Narrativas 10


Recién aterrizo de mi viaje a China, me encuentro con la noticia de la publicación de un cuento inédito —Tu cuerpo resplandeciente— en la revista Narrativas, editada por Magda Díaz Morales y Carlos Manzano. Mi gratitud a ambos.

Podéis descargar la revista pinchando aquí. Este número está dedicado a la narrativa erótica, y en él encuentro nombres conocidos de autores que frecuento en la blogosfera, lo cual me satisface y me incita a leerla sin demora.

Tan pronto como me haya repuesto del jet lag reiniciaré la actividad de este sitio. Me he traído del viaje algunas ideas para relatos, que espero fructifiquen. Entre tanto, me pondré al día con la lectura de Narrativas 10 y de vuestras bitácoras.

Besos y abrazos.

NARRATIVAS 10 (Indice)

MONOGRÁFICO SOBRE NARRATIVA ERÓTICA
Ensayo
“La misteriosa desaparición de la Marquesita de Loria” de José Donoso: faz y antifaz del erotismo, por Lilian Elphick
Seducción, erotismo y amor en “Travesuras de la niña mala” de Mario Vargas Llosa, por Luis Quintana Tejera

Relatos
La felicidad, por Sandro Cohen
Contártelo, Adela, por Lorenzo Silva
Los placeres de la Ilustración, por José Luis Muñoz
Piedras, por Alice Velázquez-Bellot
Tríptico, por Gonzalo Lizardo
Pregunta retórica, por Rafael Ballesteros Díaz
Microtrilogía erótica, por Salvador Gutiérrez Solís
Herida de hembra, por Diego Fonseca
Manos, por Ana Alcolea
Atadijo fervoroso para impregnar un cuerpo, por CNP
Nawa shibari, por Paula Lapido
Final feliz, por Javier Delgado
Erótica IV, por Fernando Sánchez Calvo
Después de un cuento de Boris Vian, por Pepe Cervera
Amor hinchable, por Javier Puche
Voyeur, por Purificación Menaya
El ángel de L'orangerie, por Gemma Pellicer
No marques las horas, por Mónica Gutiérrez Sancho y Andrés Felipe Gómez Shool
Un mal día, por María Dubón
Preguntas y respuestas, por Carlos Manzano
Preludio y fuga, Carlos Arnal
Su aliento sobre mi espalda, por Elena Casero
Jenny o el vacío ético, por Salvador Alario Bataller
El roce de unos pechos de mujer, por Pedro M. Martínez Corada
Arthur, por Wilco Johnson
Amaranto, por Luis Emel Topogenario
Julia, por Carlos Frühbeck
Je t’aime mais non plus, por Sonia Fides
Ángel de Atocha, por Antonio Toribios
Dentro de las páginas del tiempo, por Soledad Acedo Bueno
Muñeca triste, por María Aixa Sanz
Tu cuerpo resplandeciente, por Carlos González Zambrano
Pornografía, por Antonio Báez Rodríguez
Libro del estremecimiento, por Ana Muñoz de la Torre
Oscuro deseo, por Patricia de Souza

Novela
El Camino de Santiago (capítulo), por Francis Novoa Ferry
La orgía de Flipp (capítulo de Viaje por las ramas), por Román Piña
Suspiro azul (fragmento de capítulo), por Sandra Becerril Robledo
La cara oculta de la luna (fragmento de capítulo), por Carmen Santo

Narradores
Marco Tulio Aguilera

Reseñas
“Guapa de cara” de Rafael Reig, por Eugenio Sánchez Bravo
“El teatro de Sabbath” de Philip Roth, por Javier Avilés
“La huella del bisonte” de Héctor Torres, por Jorge Gómez Jiménez
“Nueve semanas y media” de Elisabeth Mc Nelly, por C. Martín

Miradas
La erótica de la máquina, por Miguel Esquirol Ríos
Escribir el sexo: ¿asignatura pendiente?, por Blanca Vázquez
Literatura erótica, por María Dubón

Novedades editoriales

lunes 30 de junio de 2008

Una sombra de sí misma 2.0

Las farolas, al encenderse, proyectaron la sombra de su cuerpo sobre una esquina de la habitación. Observó la postura que había adoptado, a medias acostada en la cama, en parte tendida en el suelo, en parte apoyada en la pared, y se sorprendió acariciándose un seno. Advirtió entonces el relieve del pezón erecto en la palma de la mano. Antes de que pudiera darse cuenta, la otra mano resbalaba vientre abajo. Avanzó con decisión hasta acorralar a la sombra contra la esquina. Se abalanzó de pronto, la montó a horcajadas y la cabalgó. El orgasmo fue simultáneo.
Ya tendida en la cama, pensó en su marido y se sintió culpable: si se quedaba embarazada, cómo convencerle de que el hijo era suyo, ambos tan blancos y el bebé negro como una sombra.

Versión ligeramente modificada y supuestamente mejorada.

viernes 20 de junio de 2008

(Digresión)

Abro un breve paréntesis para excusar mi alejamiento del blog por vacaciones en las próximas semanas.
Con el objeto de no permitir la muerte del blog por inanición, he dejado programada alguna entrada. Está por ver si lo he hecho correctamente. Dejo abierto los comentarios, por si a alguien le apetece dejar su testimonio. Si no recibís respuesta, achacadlo a mi desconexión (para eso están las vacaciones) o la imposibilidad (ignoro el alcance de la censura en China), nunca a la descortesía. Prometo responder a todos a mi regreso, a mediados de julio.
Nos seguimos leyendo.
Besos y abrazos.

El camino de la perfección

La primera vez, de eso estoy seguro, fue en una piscina. Resulta sencillo determinar el principio. Lo complicado es adivinar el final, vaticinar cuándo se detendrá esto que en algún momento echó a rodar. Decía que aquello debió comenzar en una piscina, a la que acudimos con esa mezcla de excitación y pudor de toda pareja reciente. Cuando se agotaron los recursos de la crema bronceadora y los chapuzones, y supongo que para evitar el silencio incómodo de nuestros cuerpos tendidos al sol —en aquellos días siempre había algo que hacer, esa era la consigna—, te aproximaste y me pediste permiso. ¿Te importa?, me pregustaste, y aunque me importaba no te dije nada y te dejé quitarme el punto negro de la nariz.
Lo demás vendría de forma natural: no tardaste en aficionarte a buscar puntos negros, primero en la nariz, luego en el resto de la cara, en la espalda, en el pecho. No te culpo por ello. Ni de que ampliaras el objeto de tu búsqueda a las espinillas, a los granos. Así las cosas, no me resultó extraño que un día, pinza en ristre, comenzaras a depilarme el entrecejo.
Sí me causó cierta sorpresa que sustituyeses la ropa de mi armario sin previo aviso. Llegaste a casa cargada de bolsas y me dijiste que me desnudara. Luego me hiciste posar como un maniquí y me probaste la ropa, para reafirmarte en lo acertado de tu elección. Disfrutabas vistiéndome y desvistiéndome, y más disfrutabas renovando regularmente alguna prenda de mi vestuario. Me molestó que lo hicieras sin mi consentimiento, pero me abstuve de decirte nada. Al fin y al cabo, se trataba de un entretenimiento inocente.
O eso pensaba hasta la noche en que, compartiendo una velada con los amigos, me percaté de tu inclinación a acabar las frases que yo empezada. Es probable que viniera ocurriendo desde hacía tiempo, pero lo hacías con tal perspicacia que no reparaba en las interrupciones. Vaya uno saber porqué aquella noche sí lo hice. Recuerdo que sentí un repentino escalofrío, que no supe cómo interpretar.
Debí haberle puesto freno entonces a todo esto. En mi defensa, diré que los cambios fueron tan sutiles, tan graduales, que apenas los percibí. Y cuando quise deshacerlos ya era demasiado tarde. Nada pude hacer cuando mamá llamó a la puerta y preguntó por mí, nada cuando te encogiste de hombros y torciste el gesto, simulando una aflicción de plañidera, nada cuando os abrazasteis largamente. Ni cuando mamá te rogó que la mantuvieras al tanto. Descuida, le dijiste mientras os despedíais.
Pude verlo todo por el hueco de la cerradura del cajón de la cómoda, donde me tenías olvidado, lo vi y fui incapaz de reaccionar. Debiste sentir algo parecido a la nostalgia, sólo así me explico que te acordaras de mí y me sacaras del cajón después de tan largo encierro. Me quitaste entonces la carcasa y desplegaste mis dos mitades simétricas y metálicas. Los goznes, al girar, se quejaron en un chirrío. Luego apretaste el botón de inicio y, aún no sé cómo, logré encenderme. Me esforcé en recordar tu juego favorito, pero enseguida te cansaste y me devolviste al cajón.
Temo que esta vez sea para siempre.

lunes 16 de junio de 2008

El autor novel: su primera vez

El escritor novel suele frecuentar librerías. Las más de las veces sale como entra: con las manos vacías. Acaba de publicar su primer libro y disfruta buscándolo. Más le gusta encontrarlo.
De primeras se encaminaba directo a los expositores de las novedades, convencido de que su libro bien merece un hueco. No tardará en admitir que más le vale pasar de largo y probar en las estanterías. Imposible describir lo que siente cuando el dedo se aproxima a la inicial de su apellido.
El escritor de estreno tiene también la costumbre de preguntar a los conocidos por su escritor favorito.
-¿Cuál es tu escritor favorito? –pregunta tímidamente, con la secreta esperanza de oír su nombre.
Generalmente responden K.F. o C.R.Z. También son frecuentes N.G. y A.P.R. Nadie conoce a las mujeres como A.G., le dicen algunas. Al escritor flamante no deja de sorprenderle que estos nombres sean los mismos que ocupan los expositores de las novedades.
A cierta distancia le sigue un grupo de autores más afines a sus gustos, encabezado por G.G.M. Están también, por citar algunos, F.D., J.C., F.K. o R.M.
Nunca ha oído su nombre en respuesta a tal pregunta.
El escritor reciente acaba por rendirse a la evidencia. Cada vez son menos frecuentes las visitas a las librerías. Eso sí, la sensación cuando recorre el lomo de los libros con el dedo es idéntica.
Y lo que son las cosas, cuando menos lo esperaba, alguien lo ha reconocido en la calle y ha gritado su nombre. Eres mi escritor favorito, ha dicho luego con grandes aspavientos y sonrisa ancha. El escritor primerizo ha apoyado las manos en los hombros del lector. Está por decirle algo, pero como el nudo de la garganta no hay quien lo deshaga, opta por darse la vuelta y alejase a grandes trancos. Cuánto le hubiera gustado decirle que no perdiera el tiempo, que mejor leyese a F.D., a J.C., F.K. o R.M., incluso a A.P.R, si me apuras.

lunes 9 de junio de 2008

Otro cuento de terror

a Herman, que evocó a Arreola

Me enamoré de un fantasma. Quedé prendado de inmediato de la levedad de sus pasos, de la gracilidad con que caminaba sin apenas tocar el suelo. Me sedujo al instante el vuelo sutil de las sábanas, bajo las que se insinuaba su figura etérea. Cada vez que irrumpía en la habitación atravesando una pared mi cuerpo se estremecía de placer. Nada tan delicioso como percibir su presencia. Nada tan grato como la manera en que me susurraba al oído palabras venidas de otro mundo.
Su condición incorpórea me hacía pensar que lo nuestro nunca acabaría. Debí sospechar cuando vi la ropa tendida. El olor a comida recién hecha también era un presagio. El fantasma que amé se había convertido en mujer.

 
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