martes 10 de noviembre de 2009

De perros azules y vacaciones en Laos

EL PERRO AZUL

Ya pasó el invierno y al perro azul no hay quien lo mueva del sofá. De no ser por la deriva de sus pupilas tras mis pasos, pensaría que está muerto. Apareció el verano pasado, en una de esas tardes amodorradas y tercas de mediados de agosto. Vaya uno a saber cómo llegó hasta allí. Posiblemente aprovecharía el ofrecimiento de la puerta entreabierta por descuido. El caso es que lo encontré encaramado en el respaldo del sofá y fui incapaz de echarlo.

Al principio lo confundí con un cojín o alguna prenda arrojada al desgaire, cualquier elemento susceptible de coronar el respaldo de un sofá, y no le presté atención. Tuvieron que pasar varios días para que me percatase de su verdadera naturaleza, y si lo hice fue alertado por el sonido de su respiración, un resuello ahogado y bronco, semejante a un aviso de tormenta. Me acerqué con incredulidad y asombro y lo toqué con un dedo indeciso, pero el perro azul no hizo ademán de moverse. Probé a tocarlo de nuevo, esta vez con más determinación, y, ahora sí, el perro azul volvió la cabeza y me miró de frente con unos ojos lánguidos e intimidatorios, hechos todos de pupila, que me helaron la sangre y eliminaron de un plumazo cualquier voluntad de echarlo.

Con las visitas ocurre lo mismo. De primeras no reparan en su presencia —tampoco yo me molesto en presentarlo— y las más de las veces se marchan sin haberlo visto. Otras veces, empero, advierten la excepcionalidad de su pelo azul sobre el respaldo y se acercan para comprobar el tacto de lo que, aún, presumen un peluche. “No”, les conmino entonces, y las visitas se detienen en seco y me miran de arriba abajo, dudan un instante pero finalmente sonríen con media boca y deciden acariciarle el lomo, como si en verdad se tratara de un perro azul y no de un presunto peluche. La sorpresa es mayúscula cuando descubren unos ojos inquisitorios escrutando los movimientos torpes de la mano rascando el dorso o restregando la grupa. Las visitas titubean antes de apartar la mano, por un momento parece que van a insistir en la caricia, pero acaban retirándola con brusquedad, como si algo les quemara, y evitan a toda costa la mirada del perro azul. Enseguida cambian el tono y la conversación no tarda en languidecer, circunstancia que aprovechan para inventar cualquier pretexto y lamentar que deban marcharse ya. Yo no hago esfuerzos para convencerles de que se queden, tampoco intento excusarme ni darles una explicación —¿para qué?—, simplemente me levanto y les acompaño hasta la puerta. Las visitas, antes de despedirse, se dan la vuelta y me dicen “cuídate” desde el rellano, “nos vemos pronto”, me dicen también mientras buscan por encima de mi hombro la desconcertante mancha azul del perro sobre el sofá.

Pero yo sé que no nos veremos pronto. Ni que haré por cuidarme.

Es una pena que Sonia no llegara a conocerlo. Al perro azul, digo. Estoy convencido de que ella no se habría dejado intimidar por su mirada ensoberbecida ni se habría amedrentado por la peculiaridad de su pelaje, no me cabe la menor duda de que ella lo habría echado, que no habría inventado ninguna excusa para marcharse precipitadamente, como las visitas, ni habría espiado sobre mi hombro al despedirse. Sonia no es de ésas. Primero se habría documentado y habría averiguado de qué raza se trataba, habría consultado en diferentes manuales detalles sobre la longevidad, la cría, el celo, el adiestramiento, y no habría cejado hasta tener la completa certeza de que se trataba, en rigor, de un perro azul. Entonces lo habría echado. Sin contemplaciones ni ceremonias lo habría echado.

No tiene nombre, el perro azul. En el fondo, confiaba en que, sin nombre, desaparecería tal como había llegado. Pero no. Ahora lo sé: un perro azul no necesita nombre; le basta y le sobra con ser azul.

Tampoco come ni bebe. Que pasan las semanas sin necesidad de rellenar sus escudillas. Para mí que se alimenta de aire. A veces lo llamo con algo de comida en las manos: “¡perrito, perrito!”, le animo chasqueando los dedos, pero él ni se inmuta y enseguida desisto, incapaz de soportar su mirada indiferente.

Otras veces intento sacarlo a pasear. Desde la entrada, agito su correa para que oiga el tintineo metálico de los eslabones y acuda meneando el rabo y profiriendo ladridos impertinentes, como le corresponde a un perro, ya sea con pedigrí o callejero, lo mismo lazarillo que azul, pero ni con ésas. Todo lo más, me mira con indulgencia y bosteza interminablemente. Pero yo no doy mi brazo a torcer así como así. Como él no acude, decido tomar la iniciativa y soy yo quien se aproxima. Al llegar a su lado, le hago carantoñas y le dedico palabras melifluas, y no tengo reparos en afectar la voz ni en emplear diminutivos, cualquier cosa por ganarme su confianza. Cuando creo que lo tengo a mi merced, le paso el collar alrededor del cuello y le fijo la correa. “¡Perrito, perrito!”, le aliento mostrándome efusivo, pero él sigue impertérrito en su postura. Entonces forcejeamos. Yo tiro de él y le indico el camino hacia la calle con un gesto de la cabeza, él hunde las uñas en el sofá, tensa el cuerpo y muestra el extremo filoso de los colmillos. Al cabo de un rato, ya los dos exhaustos —yo al menos—, me doy por vencido y dejo que vuelva a desplomarse sobre el sofá como un fardo inánime. Para no darle a entender que me ha derrotado —en el mundo animal, los gestos tienen una importancia vital—, me pongo la correa y salgo a pasear. Solo. La gente me mira raro, pero yo a ellos también.

No se ven perros azules a menudo. Por eso Sonia habrá reaccionado así. La verdad, ni se me pasó por la cabeza que volvería. De haberlo supuesto, habría recogido la casa, habría puesto más empeño en arreglar el desmán de ropa sin planchar, libros a medio leer, restos de comida y perros azules desperdigados por doquier. Pero se presentó de improviso, tal cual un perro azul. Ya digo, no esperaba su regreso. De ahí que cuando sonó el timbre pensara en un visita cualquiera y no me molestara en cambiarme de ropa ni en disimular el morado de mis ojeras. Al abrir la puerta, Sonia ensayó un atisbo de sonrisa, enseguida reparó en mi aspecto, luego en el desorden, y a continuación el portazo.

El perro azul irguió las orejas, resopló como si la cosa no fuera con él y continuó tendido sobre el sofá. Debería ir pensando en ponerle nombre.

*Hace unos meses el perro azul era una criatura menuda, acaso escuálida, que encontró acomodo en el respaldo de mi sofá. Poco a poco y casi sin que me percatase, alimentándose vaya uno a saber de qué —repito, nunca probó de sus escudillas—, ha alcanzado este tamaño y, sin llegar a ser rollizo, ha adquirido cierta lozanía. Si habrá alcanzado ya su tamaño y aspecto definitivos es algo que sólo el tiempo dirá. Con los perros azules nunca se sabe.

VACACIONES EN LAOS

El próximo viernes 13 parto hacia Laos, donde estaré hasta el 2 de diciembre. Como dudo que allí disponga de tiempo y medios para conectarme a Internet, os dejo en compañía de este perro azul entretanto. Besos y abrazos para todos y ¡hasta la vuelta!

*Imagen tomada de flickr

jueves 22 de octubre de 2009

La fronda

Besas su cuello. Por primera vez besas el cuello de la mujer prodigiosa, que tiende su desnudez a la voracidad de tus labios. Reclinado sobre ella, divisas sus senos en lontananza, dos perfectos promontorios recortados contra la penumbra del cuarto, y decides treparlos. De los surcos de saliva comienza a brotar un musgo dócil, algodonoso, que aletea en tu lengua como alas de mariposa. Sonríes. Bobaliconamente sonríes e inicias el ascenso. Al musgo le sucede una hierba volátil y ondeante, que no tarda en alcanzar tus rodillas. Te abandonas entonces al roce amable sobre la piel, te demoras en ese plácido campo inesperado, te recuestas, cierras los ojos. Cuando al fin los abres, te sorprendes rodeado de una vegetación tupida, hecha toda de abrojos y zarzales. Tu primera reacción es salir de allí. Apenas avanzas, la maleza se cierra a tu espalda y no queda rastro de tus pasos. Todo lo más, una rama quebrada o la forma vaga de una pisada; imposible adivinar si las señales son recientes o antiguas, si tuyas o de otro. Desconcertado, te das la vuelta y tus ojos buscan desesperadamente a la mujer prodigiosa, indistinguible en la semioscuridad de la fronda. Con la manos tratas de desbrozar el camino, intentas abrirte paso entre la breña, pero las ramas chicotean tus brazos y rasguñan tus piernas con fiereza de jaral.
Pronto tienes la sensación de andar en círculos. Te detienes al borde de la extenuación y escrutas la espesura, pero no llega más que un murmullo vegetal, un bisbiseo botánico proveniente de todas partes en general y de ningún punto en concreto. Te asalta un miedo cerval, seguido de un enojo sin mesura y gritas, a pleno pulmón gritas, pero el alarido es engullido de inmediato por la fronda; ni el eco permanece. Derrotado, vences las rodillas sobre el suelo y lo besas con fruición, lo besas como si en verdad besaras por primera vez el cuello de la mujer prodigiosa y no un lecho de agujas y légamo. En tus labios queda un sabor terroso y la textura áspera de grumos irregulares.
Espoleado sin embargo por el recuerdo de la mujer prodigiosa y arropado por un instante de lucidez, decides reanudar la marcha y escalar a lo más alto, desde donde a buen seguro distinguirás el camino de vuelta. Nada de atajos por suaves hondonadas pues, nada de rendirse a la tentación de ramblas fluviales: la única premisa es trepar. Caminas a grandes trancos y te detienes tan sólo lo justo para recuperar el resuello y proveerte de alimento. Tallos nervudos, frutos de nombre incierto y el rocío depositado en la concavidad de las hojas conforman tu dieta. Al cabo, logras coronar la cima. La vegetación se abre de golpe y te encaramas a un saliente rocoso, puntiagudo como punta de pezón. Hasta donde alcanza la vista, no hallas el menor rastro de la mujer prodigiosa.

jueves 8 de octubre de 2009

Amnesia

Por más que lo intento, no consigo recordar qué es un hada.
—Un río —digo por probar suerte.
El tipo me mira con ojos incrédulos. Para que parezca que me esfuerzo en recordar, venzo la cabeza, apoyo una mano en la sien y extravío la mirada.
—¿Tiene algo que ver con la hipotenusa? —digo al cabo—. Nunca se me dio bien la geometría —me excuso.
El tipo sigue sin responder. Me está poniendo de los nervios, la verdad. Para tranquilizarme, respiro profundamente y me sacudo la purpurina del antebrazo.
—¿No será cosa de bancos? —le doy una última oportunidad. Pero nada, ni se inmuta.
Que le zurzan, me digo antes de desplegar las alas y elevar mi cuerpo menudo.

martes 22 de septiembre de 2009

El síndrome de Stendhal

La mujer prodigiosa entra en la sala en el mismo instante en que el autor de estreno, tras acomodar sus posaderas ceremoniosamente en la silla de en medio, hace pasar las páginas y se detiene en el párrafo que había seleccionado para abrir la presentación. Decir “entra en la sala” es una forma como otra cualquiera de definir la aparición repentina, casi fantasmal, de la mujer prodigiosa. Porque, en rigor, ninguno de los allí presentes había oído la puerta abrirse, nadie la había visto llegar, y si se percataron de su presencia fue porque el autor de estreno, que había levantado la vista un instante para pasearla por la sala, como queriendo aislar de entre la maraña de rostros conocidos a los lectores anónimos, se detuvo en seco y se quedó mirándola con evidente perplejidad. La mujer prodigiosa, acaso por no interrumpir, acaso por no robarle protagonismo al autor de estreno, se escabulle con premura por el escueto pasillo que hay entre la última hilera de sillas y la pared del fondo, con ese aire entre timorato y resuelto que sólo las mujeres prodigiosas logran imprimir a sus pasos, pero sus intentos por pasar inadvertida resultan vanos, puesto que las nucas de los asistentes ya se han poblado de ojos y siguen sus evoluciones sin el menor recato. El autor de estreno, que en otras circunstancias habría celebrado sus excelencias, se apresura, empero, a comenzar con la presentación y recuperar la atención de la audiencia, antes de que sea demasiado tarde. Pega la boca al micrófono y carraspea abundantemente, ¿sí?, ¿sí?, repite a continuación, momento que aprovecha la mujer prodigiosa para tomar asiento y confundirse entre la profusión de torsos expectantes. Por qué, de entre todos las sillas vacías, ha venido a ocupar la inmediatamente contigua a la del hombre mediocre, es algo que el hombre mediocre nunca llegará a comprender. Para asegurarse de que aún está a tiempo, el autor de estreno prueba con un comentario jocoso y resopla con alivio al comprobar que es correspondido con alguna carcajada dispersa. No es mucho, pero es más de lo que esperaba. Superado este escollo, el autor de estreno retoma el párrafo que había dejado a medio leer.
El hombre mediocre se revuelve inquieto en su asiento. Quisiera girarse para verificar que en verdad la silueta difusa que se adivina a su vera corresponde a la mujer prodigiosa, pero no se decide. De pronto, la mujer prodigiosa posa una mano sobre el antebrazo del hombre mediocre y hace una observación avispada, a colación de las últimas palabras del autor de estreno. El hombre mediocre, incapaz de otra cosa, asiente apenas. La mujer prodigiosa aprovecha cada pausa del autor de estreno para deslizar una apostilla sagaz al oído del hombre mediocre, que permanece inmóvil como un pasmarote, con la vista siempre al frente.
Sólo cuando el acto ha concluido y se ha cerciorado de no vislumbrar el perfil turbador de la mujer prodigiosa por el rabillo del ojo, el hombre mediocre se levanta y la busca entre el gentío, primero entre los que abandonan la sala, luego entre los que hacen cola, libro en ristre, ante la mesa del autor de estreno. Como un resorte, el hombre mediocre salta de la silla y corre hacia la puerta. De puntillas, examina las espaldas de los que ya salieron, estira el cuello y se balancea sobre las punteras para zafarse de los que le tapan la visión y, tras un escrutinio apresurado, se da la vuelta con cierto deje de resignación, justo a tiempo de distinguir a la mujer prodigiosa regresando a las páginas del libro que el autor de estreno cierra sobre la mesa.

sábado 12 de septiembre de 2009

Medidas contra la gripe A

Tomo precauciones contra la gripe A y me ajusto la mascarilla,
pero no sobre las vías respiratorias:
sobre el cerebro.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Anuncios por palabras

Recién resucitado busca un sitio donde caerse muerto.

jueves 30 de julio de 2009

Ha muerto Michael Jackson

A los novios en verdad nos trae al fresco que Michael Jackson se muera. Quiero decir, la noche en que Michael Jackson estira la pata las novias están despiertas frente al televisor y el avance informativo sorprende al protagonista de la película o al presentador del late show en mitad de una frase.
Los novios no. Los novios hace rato que nos fuimos a la cama y nos abandonamos al sueño. De ahí nuestra perplejidad cuando las novias nos despiertan para comunicarnos la noticia.
—Ha muerto Michael Jackson —nos dicen las novias con la voz engolada, y a veces eso les basta para despertarnos.
Otras veces no. Otras veces han de encender la luz o zarandearnos, y mientras los novios nos frotamos los ojos desconcertados, las novias repetirán con tono grave que Michael Jackson ha muerto, como si nosotros fuésemos los responsables, como si tuviéramos la culpa de que Michael Jackson eligiera estas horas para palmarla.
—Ha muerto Michael Jackson —nos dicen las novias desde el borde de la cama.
O sea, que mientras nosotros dormimos plácidamente, a Michael Jackson no se le ocurre otra cosa que morirse y darle una excusa a nuestras novias para sacudirnos y proferir algún improperio si tardamos en reaccionar.
Cuando a los novios nos despiertan a altas horas de la noche para informarnos de la muerte de Michael Jackson, al principio no damos crédito y miramos a las novias como esperando algo, qué sé yo, que no aguanten más la risa y nos digan que se trata de una broma o que de pronto se les hinche las cabezas como globos y salgan volando, cualquier cosa menos esta quietud exasperante, pero cuando comprobamos que no tienen la menor intención de inmutarse, no nos queda más remedio que pasar a la acción. Entonces caemos en la cuenta: las novias, a grandes rasgos, son dadas a los circunloquios y nada les satisface más que una perífrasis, de ahí que deduzcamos que cuando nos despiertan para comunicarnos que Michael Jackson ha muerto no quieren decirnos que Michael Jackson ha muerto —que no decimos que no se haya muerto, quién somos nosotros para entrometernos en la muerte de nadie—; lo que quieren decirnos es que desean que las follemos. El erotismo tiene esas cosas, pensamos los novios atando hilos, y acto seguido nos figuramos a las novias lamentándose por lo efímera que es la vida, por lo poca cosa que somos —no somos nadie, dirán las novias con la mirada extraviada—, nos las imaginamos sonriendo socarronamente y preguntándonos por lo que haríamos si el mundo se acabara mañana, y nos llevamos la mano a la entrepierna con recato —aún albergamos cierta desconfianza—, en un gesto que tiene algo de homenaje al recién fallecido —que nos es consciente de las urdimbres de las novias y a estas horas debe de andar camino de algún hospital donde le practicarán la autopsia, al pobre—; y así permanecemos unos instantes, esperando a que las novias nos pregunten.
Pero las novias no se deciden y los novios empezamos a impacientarnos y probamos suerte:
—Michael Jackson seguirá muerto mañana —decimos los novios en un tono que pretende ser sugerente pero que resulta patético, y es entonces cuando las novias bufan y se dan la vuelta y nos dejan a los novios con la palabra en la boca y la polla en la mano.