Aquella noche la comunicación resultó, por así decirlo, un tanto grasienta. El volumen desmedido de la música (contaminación acústica, en palabras de un técnico contratado por la insomne comunidad de vecinos) impidió el intercambio de palabras audibles. A ellos, que no estaban para tales consideraciones, les bastó con la proximidad de sus cuerpos danzantes.
El azar quiso que al día siguiente coincidieran en unos de esos comedores universitarios que tanto abundan en las ciudades estudiantiles. Las condiciones eran propicias, esta vez sí, para que se estableciera una comunicación como mandan los cánones, sin nada que dificultara que el mensaje llegara nítidamente del emisor al receptor. O casi nada: no tardaron en advertir que cada uno hablaba un idioma diferente, incomprensible para el otro. Ni una palabra entendían. Este contratiempo, lejos de amedrentarles, supuso un motivo de celebración, y rieron y hablaron, cada uno en su idioma, durante toda la comida.
Al caer la noche, ya de regreso en sus habitaciones, se preguntaron por el extraño idioma del otro. Ella creía reconocer resonancias orientales y se entretenía buscando en internet su posible lengua. Él hacía girar el globo terráqueo que tenía sobre el escritorio y jugaba a detenerlo con el dedo. Sentía una satisfacción inexplicable cuando el índice se posaba sobre Groenlandia. Le gustaba pensar que ella era de Groenlandia.
Volvieron a reencontrarse en el mismo comedor de la víspera (a saber cómo acordaron la cita) y reanudaron la conversación, si a este intercambio de frases en idiomas distintos se le puede catalogar como tal, con idéntico entusiasmo. Las palabras de uno se solapaban con las del otro y rellenaban los silencios con risas fervorosas, a pesar de que seguían sin entender ni una palabra.
Así fue que transcurrió el curso académico. Ella insistía en la búsqueda de su posible idioma. Él se empecinaba en posar el índice en Groenlandia (había desarrollado tal pericia que acertaba tres de cada cuatro veces). Mientras tanto, los espectadores ocasionales asistían perplejos al espectáculo de conversaciones cruzadas en distintos idiomas. Ellos parecían no reparar en su estupefacción y seguían a lo suyo como si tal cosa.
Cierta tarde se dio la circunstancia de que concluyeron una frase al mismo tiempo y la última palabra que pronunciaron resultó idéntica. De pronto dejaron de reír y se miraron atónitos, como si no comprendieran. No han vuelto a verse desde entonces.

