Ya pasó el invierno y al perro azul no hay quien lo mueva del sofá. De no ser por la deriva de sus pupilas tras mis pasos, pensaría que está muerto. Apareció el verano pasado, en una de esas tardes amodorradas y tercas de mediados de agosto. Vaya uno a saber cómo llegó hasta allí. Posiblemente aprovecharía el ofrecimiento de la puerta entreabierta por descuido. El caso es que lo encontré encaramado en el respaldo del sofá y fui incapaz de echarlo.
Al principio lo confundí con un cojín o alguna prenda arrojada al desgaire, cualquier elemento susceptible de coronar el respaldo de un sofá, y no le presté atención. Tuvieron que pasar varios días para que me percatase de su verdadera naturaleza, y si lo hice fue alertado por el sonido de su respiración, un resuello ahogado y bronco, semejante a un aviso de tormenta. Me acerqué con incredulidad y asombro y lo toqué con un dedo indeciso, pero el perro azul no hizo ademán de moverse. Probé a tocarlo de nuevo, esta vez con más determinación, y, ahora sí, el perro azul volvió la cabeza y me miró de frente con unos ojos lánguidos e intimidatorios, hechos todos de pupila, que me helaron la sangre y eliminaron de un plumazo cualquier voluntad de echarlo.
Con las visitas ocurre lo mismo. De primeras no reparan en su presencia —tampoco yo me molesto en presentarlo— y las más de las veces se marchan sin haberlo visto. Otras veces, empero, advierten la excepcionalidad de su pelo azul sobre el respaldo y se acercan para comprobar el tacto de lo que, aún, presumen un peluche. “No”, les conmino entonces, y las visitas se detienen en seco y me miran de arriba abajo, dudan un instante pero finalmente sonríen con media boca y deciden acariciarle el lomo, como si en verdad se tratara de un perro azul y no de un presunto peluche. La sorpresa es mayúscula cuando descubren unos ojos inquisitorios escrutando los movimientos torpes de la mano rascando el dorso o restregando la grupa. Las visitas titubean antes de apartar la mano, por un momento parece que van a insistir en la caricia, pero acaban retirándola con brusquedad, como si algo les quemara, y evitan a toda costa la mirada del perro azul. Enseguida cambian el tono y la conversación no tarda en languidecer, circunstancia que aprovechan para inventar cualquier pretexto y lamentar que deban marcharse ya. Yo no hago esfuerzos para convencerles de que se queden, tampoco intento excusarme ni darles una explicación —¿para qué?—, simplemente me levanto y les acompaño hasta la puerta. Las visitas, antes de despedirse, se dan la vuelta y me dicen “cuídate” desde el rellano, “nos vemos pronto”, me dicen también mientras buscan por encima de mi hombro la desconcertante mancha azul del perro sobre el sofá.
Pero yo sé que no nos veremos pronto. Ni que haré por cuidarme.
Es una pena que Sonia no llegara a conocerlo. Al perro azul, digo. Estoy convencido de que ella no se habría dejado intimidar por su mirada ensoberbecida ni se habría amedrentado por la peculiaridad de su pelaje, no me cabe la menor duda de que ella lo habría echado, que no habría inventado ninguna excusa para marcharse precipitadamente, como las visitas, ni habría espiado sobre mi hombro al despedirse. Sonia no es de ésas. Primero se habría documentado y habría averiguado de qué raza se trataba, habría consultado en diferentes manuales detalles sobre la longevidad, la cría, el celo, el adiestramiento, y no habría cejado hasta tener la completa certeza de que se trataba, en rigor, de un perro azul. Entonces lo habría echado. Sin contemplaciones ni ceremonias lo habría echado.
No tiene nombre, el perro azul. En el fondo, confiaba en que, sin nombre, desaparecería tal como había llegado. Pero no. Ahora lo sé: un perro azul no necesita nombre; le basta y le sobra con ser azul.
Tampoco come ni bebe. Que pasan las semanas sin necesidad de rellenar sus escudillas. Para mí que se alimenta de aire. A veces lo llamo con algo de comida en las manos: “¡perrito, perrito!”, le animo chasqueando los dedos, pero él ni se inmuta y enseguida desisto, incapaz de soportar su mirada indiferente.
Otras veces intento sacarlo a pasear. Desde la entrada, agito su correa para que oiga el tintineo metálico de los eslabones y acuda meneando el rabo y profiriendo ladridos impertinentes, como le corresponde a un perro, ya sea con pedigrí o callejero, lo mismo lazarillo que azul, pero ni con ésas. Todo lo más, me mira con indulgencia y bosteza interminablemente. Pero yo no doy mi brazo a torcer así como así. Como él no acude, decido tomar la iniciativa y soy yo quien se aproxima. Al llegar a su lado, le hago carantoñas y le dedico palabras melifluas, y no tengo reparos en afectar la voz ni en emplear diminutivos, cualquier cosa por ganarme su confianza. Cuando creo que lo tengo a mi merced, le paso el collar alrededor del cuello y le fijo la correa. “¡Perrito, perrito!”, le aliento mostrándome efusivo, pero él sigue impertérrito en su postura. Entonces forcejeamos. Yo tiro de él y le indico el camino hacia la calle con un gesto de la cabeza, él hunde las uñas en el sofá, tensa el cuerpo y muestra el extremo filoso de los colmillos. Al cabo de un rato, ya los dos exhaustos —yo al menos—, me doy por vencido y dejo que vuelva a desplomarse sobre el sofá como un fardo inánime. Para no darle a entender que me ha derrotado —en el mundo animal, los gestos tienen una importancia vital—, me pongo la correa y salgo a pasear. Solo. La gente me mira raro, pero yo a ellos también.
No se ven perros azules a menudo. Por eso Sonia habrá reaccionado así. La verdad, ni se me pasó por la cabeza que volvería. De haberlo supuesto, habría recogido la casa, habría puesto más empeño en arreglar el desmán de ropa sin planchar, libros a medio leer, restos de comida y perros azules desperdigados por doquier. Pero se presentó de improviso, tal cual un perro azul. Ya digo, no esperaba su regreso. De ahí que cuando sonó el timbre pensara en un visita cualquiera y no me molestara en cambiarme de ropa ni en disimular el morado de mis ojeras. Al abrir la puerta, Sonia ensayó un atisbo de sonrisa, enseguida reparó en mi aspecto, luego en el desorden, y a continuación el portazo.
El perro azul irguió las orejas, resopló como si la cosa no fuera con él y continuó tendido sobre el sofá. Debería ir pensando en ponerle nombre.
*Hace unos meses el perro azul era una criatura menuda, acaso escuálida, que encontró acomodo en el respaldo de mi sofá. Poco a poco y casi sin que me percatase, alimentándose vaya uno a saber de qué —repito, nunca probó de sus escudillas—, ha alcanzado este tamaño y, sin llegar a ser rollizo, ha adquirido cierta lozanía. Si habrá alcanzado ya su tamaño y aspecto definitivos es algo que sólo el tiempo dirá. Con los perros azules nunca se sabe.
VACACIONES EN LAOS
El próximo viernes 13 parto hacia Laos, donde estaré hasta el 2 de diciembre. Como dudo que allí disponga de tiempo y medios para conectarme a Internet, os dejo en compañía de este perro azul entretanto. Besos y abrazos para todos y ¡hasta la vuelta!
