El hombre impecablemente vestido mira a un lado, luego a otro; examina. Finalmente, este banco le parece apropiado. Desde él puede observar a todo el que entra y sale del hotel; sobre todo a quien sale. O sea, que ahí le tenemos, sentado en el banco de hierro, la mirada atenta y una pierna sobre la otra. Y no le preocupa haber salido del trabajo sin avisar, ni el sol de justicia, ni la larga espera; nada de eso le importa. No ya. Está decidido. Con lo que no contaba es con que un mendigo ocupase el banco contiguo. Además de lo ingrato de la vista, estaba ese hedor a orines, a sudor rancio y a algo que no lograba identificar. Pensó en mudarse de banco, pero, tras una rápida ojeada, decidió que era el mejor sitio para espiar la entrada del hotel. Para su sorpresa, no tardó en habituarse al olor, y pronto pudo respirar sin necesidad de cubrirse la nariz. Otra cosa era el frío. La muy puta tardaba en salir y había empezado a soplar un viento helado. Es lo que tiene la meteorología. Se subió el cuello de la chaqueta y encogió el cuerpo, pero ni con ésas. Por el rabillo del ojo comprobó que el mendigo se había abrigado con sucesivas capas de periódicos. No era mala idea. Disimulando, recogió algunas hojas del suelo y se tapó con ellas. No era gran cosa, pero algo hacía. Distinto fue la lluvia —la meteorología, además de caprichosa, puede ser inclemente—. Dudó bastante antes de atreverse a buscar unos cartones y resguardarse bajo el banco —lo mismito que el mendigo—, pero, a estas alturas, no iba a andarse con remilgos. Al fin la vio salir. Iba de la mano del otro y reía a boca llena. Se despidieron al trasponer la puerta y se alejaron, el uno calle arriba, la otra calle abajo. El hombre bajo el banco tuvo un momento de indecisión, pero a renglón seguido lo dispuso: calle abajo. Tenía las piernas entumecidas y le costó alcanzarla. Al llegar a su altura, trastabilló y apenas pudo proferir un exabrupto ininteligible. No obstante, ella lo advirtió, porque se giró y, mirándolo apenas, se cubrió la nariz y le dijo: —No tengo nada—. Enseguida reanudó la marcha.
Mi mujer cree que me engaña. Todos los jueves desde hace cinco meses, sale de casa a eso de las ocho con el pretexto de un cita con las amigas, y ya puede diluviar o hacer un sol de justicia, que nunca elude el compromiso, con una voluntad encomiable. Todos los jueves, decía, se demora un segundo bajo el marco y se gira apenas, como esperando alguna reacción de última hora, pero yo me limito a acompañarla hasta la puerta y desearle una buena velada, depositando un beso cándido en sus labios. En los mismos labios que minutos después él besará con fruición, como está mandado. Me da pena, la pobre. Cuando pienso en el sacrificio que es capaz de realizar, me entran ganas de decirle que lo sé todo y poner fin a esta farsa. No sé, pienso en la lengua del otro trazando regueros de baba por su cuello, alrededor de los pezones, en la entrepierna, y por momentos flaqueo, me digo a mí mismo que no está bien hacerla pasar por esto, que tanto sufrimiento es innecesario. A saber qué no se dejará hacer, con lo aprensiva que es para estas cosas. Y todo por complacerle, por hacerle creer que lo desea, por conservarlo y proseguir con la pantomima, a ver si de una vez por todas me doy por enterado y reacciono. Me la imagino, no sé por qué, esperándole en una cafetería solitaria de una gasolinera, vestida como de otra época, con un viejo sombrero calado hasta las cejas y bebiendo café a sorbos para no quedarse dormida, me imagino el sobresalto cada vez que la puerta se abre y el alivio al comprobar que no es él —aún alberga la esperanza de que no venga—, me imagino el esfuerzo por mostrarse alborozada cuando al fin aparece, la manera en que abandona la mesa como si en verdad lo deseara, me imagino, no sin cierto remordimiento, su fingida necesidad de él. Mi mujer se esmera en dejarme pistas. Su entrega resulta conmovedora. Durante las comidas, fuerza conversaciones en las que inevitablemente su nombre terminará apareciendo. Entonces pone especial cuidado en no pronunciarlo, no le importa decir Pilar o Ana o Sonia (las amigas con las que comparte una hipotética cena), pero cuando la conversación deriva hacia él, se apresura en cambiar de tema con la torpeza de una adolescente pillada en un renuncio, y balbucea para que yo note que evita nombrarle y sospeche y deduzca y ate hilos. También olvida conscientemente —lo sé— la cuenta de un restaurante en el compartimiento secreto de su joyero o la factura de un hotel en el fondo del cajón de su ropa interior, donde sabe que acabaré mirando. Es adorable, mi mujer. Si hasta se ha cambiado de peinado y ha comenzado a hacer dieta, por ver si de una maldita vez me doy cuenta. A veces, mientras hacemos el amor —que cada vez hacemos con menos frecuencia, y esto también forma parte del sacrificio—, pronuncia su nombre en voz alta y de inmediato se detiene en seco, como paralizada por el horror, pero yo finjo no haberla oído y sigo como si tal cosa. Cómo no enternecerse ante tanta abnegación. Imposible no emocionarse ante tan grandioso acto de amor. En verdad, merecería a alguien más competente que yo, alguien que le plantara cara y le confesara que sabe que lo engaña, merecería una escena grotesca de vodevil, alguien que le llamara zorra y se revolviera como un animal acorralado, que interpretara el papel del perfecto marido herido en su orgullo y reclamara su derecho de posesión. En ocasiones, no lo niego, siento la tentación de seguirla hasta la gasolinera —allí la imagino, sentada en la cafetería con su ropa de otra época y sorbiendo café cada tanto— y sorprenderla besándole largamente, pasándole una mano por el hombro y la otra apretándole una nalga. Sé que eso la haría inmensamente feliz. Que me plantara allí y pusiera el grito en el cielo. Que los apartara de un empujón, que lo golpeara y lo dejara tendido en el suelo. Que me la llevara a rastras, desoyendo sus súplicas. Algunas veces me subo al coche e introduzco la llave en el contacto y dudo si accionarlo, y así permanezco largo rato, por irme y no. Los mismito que ella ahora entre sus brazos: por irse y no.
La verdad, no hizo falta mucho para convencerle. Habían estado trabajando hasta bien tarde en la oficina para concluir unos informes y, cuando salieron, era ya noche cerrada, y eso que habían acabado antes de lo previsto. Estaban por despedirse, cuando Sara le invitó a subir a su piso. Vivo cerco, le dijo como sin venir a cuento, ¿te apetece tomar algo?, le dijo también, y él consultó el reloj sin reparar en la hora, demorándose unos instantes en la esfera por hacer algo de tiempo mientras tomaba una decisión. Sabía que el marido de Sara se encontraba fuera y Amanda, su mujer, no lo esperaba hasta dentro de un par de horas; aceptó. Ahora, mientras esperaba a que Sara regresara de la cocina y examinaba unas fotos sobre una estantería del salón, pensó que esto era una locura, que, a pesar de todo, Amanda no se merecía algo así. Se iba a dar la vuelta para marcharse, cuando Sara regresó con una copa en cada mano. Se había quitado la chaqueta y se había descalzado. Había deshecho también la cola con la que siempre sujetaba el pelo; así, con la melena suelta, tenía un aspecto más informal, más sensual, acaso. Debía admitirlo: estaba preciosa. —¿Esto es México? —dijo Marcos sin volverse, señalando una de las fotografías. Sara se acercó y le aclaró que se trataba de Guatemala. Mientras le refería algunos detalles sobre la cultura maya, acabó por suprimir el especio entre ambos. Marcos podía notar la proximidad de su cuerpo en su espalda, el calor de su aliento en la nuca. No resulta complicado imaginarse lo que sucedió a continuación: él giró apenas la cabeza, lo suficiente como para que sus labios se encontraran. Quién fue el primero en hurgar con la lengua, carece de importancia. El caso es que atravesaron el salón sin dejar de besarse, sorteando como pudieron los muebles, luego cruzaron el pasillo a trompicones y finalmente desembocaron en el dormitorio —Esto no está bien —dijo Marcos. —Nada bien —convino ella y lo empujó sobre la cama, besándole nuevamente. Luego, como si obedecieran una orden o un acuerdo previo, cada cual comenzó a desvestir al otro. Marcos empezó a desabrocharle la blusa. Sara le imitó y procedió a desabotonarle la camisa. No era una tarea fácil, no, más aún si tenemos en cuenta que ninguno quería dar sensación de urgencia y trataban de aparentar serenidad, de suerte que no saltara ningún botón ni se produjera ninguna rasgadura, ningún descosido. Una vez lograron despojarse de las camisas —lo cual llevó su tiempo—, Marcos la rodeó con los brazos y buscó a tientas el cierre del sujetador. Entretanto, Sara se las tenía con la hebilla del cinturón de Marcos, que no acababa de ceder. Necesitó cinco intentos para abrirla. Una vez superado este obstáculo, acometió el pantalón con tanta premura como torpeza: donde esperaba una cremallera, se encontró con una botonadura, lo que ralentizó el proceso. A todo esto, no habían dejado de besarse. Ésa parecía la consigna: no dejar de besarse, no fuera que pareciese que aquello era un simple calentón. Por fin, Marcos había logrado soltar el cierre del sujetador —para alivio de la espalda de Sara, marcada ya por diversos rasguños—. O eso fue lo que creyó, porque enseguida comprobó que en realidad lo había roto. Sara también se dio cuenta y, como si se tratara de una señal convenida, empezaron a reírse. Qué diablos, parecieron decirse, y mandaron al cuerno la compostura, arrancándose las prendas ya sin reparo alguno. Luego: lo de siempre en estos casos. Al acabar, Marcos, que aún trataba de recuperar el resuello, hizo ademán de incorporarse, pero fue incapaz de moverse. Trató de retreparse hasta el cabecero de la cama, y tampoco pudo. Fue entonces cuando se percató: no era sólo que no pudiera moverse, es que no sentía el cuerpo. Alarmado, desvió la vista —el único movimiento del que era capaz, a la sazón—, y encontró a su lado, sobre la almohada, la cabeza de Sara, que le observaba con idéntica estupefacción. Miraron entonces al sesgo y descubrieron que el lugar donde debieran estar sus cuerpos, lo ocupaban sus ropas, dispuestas en perfecto orden, como expuestas en el vitrina de una tienda. Más allá, en el suelo, contra la pared, sobre la cómoda, distinguieron sus miembros desperdigados, arrojados allí de cualquier manera.
*Buscando título para este cuento, me topé con uno antiguo, que bien podría ser la precuela o la secuela.
Cuando salió del plató, era ya noche cerrada y tuvo que subirse el cuello de la chaqueta para abrigarse del frío. Con el cuerpo encogido, se dirigió hacia la parada del autobús, pero a mitad de camino se encontró con varios taxis estacionados y decidió tomar uno. Qué coño, se dijo, no todos los días sale uno en televisión. Saludó al taxista efusivamente y se acomodó en el asiento de atrás, después de indicarle la dirección. El taxista lo miró por el retrovisor y resopló con los ojos cerrados, como si reprobara algo, pero él pareció no darse cuenta. —Qué, ¿vienes de la televisión? —le preguntó el taxista cuando hubo arrancado. —Sí, salgo mañana por la noche —le respondió eufórico y se inclinó hacia delante, como esperando otra pregunta, pero el taxista se limitó a negar con la cabeza de manera casi imperceptible. Como persistía en su mutismo, se tuvo que conformar con recrear en su cabeza su experiencia. Recordaba especialmente cómo, al acabar la grabación, se le acercó una chica que se identificó como redactora del programa y le felicitó por su intervención. También le dijo que no se preocupara por la reacción de su novia, que se le pasaría enseguida, que son cosas de la tele, y confirmó con él los datos de contacto, para llamarle de nuevo la semana siguiente. Cuando llegó al edificio, pagó al taxista sin esperar la vuelta y subió las escaleras del portal a grandes trancos, deseoso de llegar al piso cuanto antes para contarle a su madre lo ocurrido y anunciarle que mañana saldría en la tele, y en el programa de más audiencia, nada más y nada menos. Se introdujo en el ascensor antes de que terminara de abrirse la puerta y apretó el botón de su planta. Luego se giró para contemplarse en el espejo y se vio borroso. Trató de limpiarlo con la manga de la chaqueta, pero la imagen seguía borrosa. Se fijó con más atención y se sorprendió al comprobar que era sólo el reflejo de su cara lo que se veía borroso, el resto del cuerpo se distinguía perfectamente. Pensó que sería cosa del cansancio y cerró los ojos un instante, pero al abrirlos nada había cambiado: su cara era una mancha sin formas definidas. Se palpó sin comprender y de pronto recordó que, mientras le preparaban para el programa, un hombre enchaquetado se acercó a la maquilladora y le dijo que no se esmerase demasiado, que con quitarle el brillo de la frente bastaba, total, le dijo también, si vamos a tener que difuminarle la cara, que luego nos vienen con esa mierda de los derechos del menor y nos meten un paquete. Entonces no prestó demasiada atención a aquellas palabras, pero ahora, de pie frente al espejo, comprendió lo sucedido: le habían difuminado la cara —como hacen en la tele con los menores y la policía— y se habían olvidado de dejársela como antes, los muy hijos de puta. Se frotó con fuerza por ver si se arreglaba, pero no había forma. Y aún seguía frotándose cuando el ascensor llegó a su planta. Por un instante, pensó en volver al estudio de grabación para exigir que le dejaran la cara tal como la había traído, ni más ni menos, pero vio la hora y supuso que ya no habría nadie. Se cubrió con la chaqueta y entró en el piso sin hacer ruido y se encerró en el baño. —Cariño, ¿eres tú? —preguntó su madre, que, no sabía cómo, siempre le oía llegar. No dijo nada y se sentó en el váter, con el rostro hundido entre las manos. —Cariño, ¿te ocurre algo? —volvió a preguntar la madre, que trató en vano de abrir la puerta. —Abre, cariño —insistía la madre, cada vez más alterada. Como vuelva a decirme cariño, no respondo de mí, pensó él sin atreverse a levantar la cabeza, no fuera que se topara con su reflejo. —No me pienso mover de aquí hasta que abras —sentenció la madre, ahora ya ciertamente enojada. Permaneció unos minutos sentado en el váter, pero al cabo se derrumbó y comenzó a llorar. Desconsolado, descorrió el pestillo y se apretó contra la pared del fondo. La madre entró enseguida y tuvo que esforzarse por contener un grito, los ojos desencajados. —¿Qué te ha pasado, hijo? —dijo con la voz entrecortada. Él se cubrió la cara, sollozando. —Dime algo. —Yo... —titubeó—, mañana salgo en la tele —no se le ocurrió otra cosa. —Pero, ¿de qué demonios estás hablando? —Mañana, mamá. He estado en la tele. Al instante, el gesto de la madre se distendió y abrazó a su hijo. —Ay, hijo, me habías asustado —dijo mientras depositaba dos sonoros besos en la parte de la mancha que presumiblemente era la mejilla.
De pronto, los cuerpos comienzan a desmembrarse sin venir a cuento. A uno se le desprende un brazo al agitarlo para llamar a un taxi, otro se queda con la oreja en la mano al ajustarse las gafas, una cabeza desplomada rebota dos, tres veces contra la acera antes de echar a rodar con destino incierto. Las calles se vuelven intransitables y los viandantes han de hacer esfuerzos desmesurados por sortear los obstáculos y llegar en hora a sus centros de trabajo; eso, cuando no pierden algún miembro motriz en el camino. Por si no bastara el fastidio de las articulaciones desperdigadas en mitad de la vía, está también ese caldo repugnante que lo cubre todo, compuesto de sangre, bilis y ese líquido viscoso que se derrama del interior de los huesos, en el que, maldita sea la gracia, los pies avanzan a duras penas, chapoteando a cada paso. La productividad desciende hasta niveles históricos y las autoridades ponen el grito en el cielo. Se crean comisiones para estudiar el caso y se convocan ruedas de prensa, que la mayoría de las veces no llegan a celebrarse por la demora de algunos de los implicados. Se acusan unos a otros y se enredan en el establecimiento de prioridades: para unos, el principal problema es económico; para otros, es una cuestión de salubridad; los más agoreros vaticinan el fin de una época, la desaparición de una especie. Pero la evolución tiene su temperamento y no entiende del carácter especulativo y volátil de los gobernantes. Los ciudadanos, lejos de tomárselo a la tremenda, ven en esta proliferación de articulaciones desparramadas por doquier una oportunidad para recuperar el miembro extraviado. Con calma, remueven el revoltijo de articulaciones y secreciones, hasta dar con la pieza que más se ajusta a sus necesidades o a sus caprichos. Como suele ocurrir en estos casos, no tarda en surgir un mercado negro, que se hace con el negocio de los miembros diseccionados e infla los precios desproporcionadamente. A pesar de todo, no resulta sencillo dar con una pierna idéntica, con un ojo similar, con una nariz análoga. Las plazas y avenidas se pueblan de espantajos con un brazo más largo que otro, engendros con tórax en lugar de espalda, peleles con dientes en el ombligo. Este despropósito, estéticamente rayano en lo grotesco y moralmente cuestionable, resulta sin embargo adecuado en términos funcionales y/o evolutivos. Superada la sorpresa inicial, ya a casi nadie escandaliza el desfile de fantoches y tullidos, cada vez más distintos a sí mismos y parecidos entre sí.
Lo sé. No todo el mundo vive en Andalucía. Estas cosas pasan. Hace poco más de una semana emitieron una entrevista con Cristina Fernández Cubas en el programa El público lee, de Canal 2 Andalucía, a raíz de la publicación de su extraordinaria recopilación Todos los cuentos. Como quiera que hay quien no vive en Andalucía o quien, residiendo allí, no tuvo la ocasión de ver el programa, o quien, teniendo la ocasión de verlo, no pudo hacerlo (una llamada inoportuna, el niño que ha vuelto a abrirse una ceja...), o quien etc., he creído oportuno rescatar la entrevista.
Para quien no conozca el programa, lo resumo: va uno y escribe un libro. A continuación, empleando a saber qué argucias, convence a alguien para que lo publique (y ese acto conlleva ciertas servidumbres, de las que aún no es consciente del todo quien ha escrito el libro). Luego, va uno y lee el libro. Va otro y lo lee. Y otro. Llegados a este punto, deciden reunir a quien escribió el libro (a quien probablemente le apetece más quedarse en casa leyendo o escuchando el último disco de determinado cantante —ahora empieza a tomar conciencia del precio del trato) y a quien leyó el libro, y al otro que lo leyó, y al otro, y ubican varias cámaras alrededor. Es decir, que tenemos a alguien que ha escrito un libro, a tres que lo leyeron y varias cámaras enfocándolos, y entonces va y sucede esto:
Encerrado entre las mamparas de su cubículo, atrapado en su pecera de aire y tiempo, juntaba las yemas de los dedos y componía múltiples figuras, al tiempo que contestaba con desgana el teléfono, rellenaba formularios en el ordenador, informaba a los potenciales clientes sobre las ventajas del seguro y atendía las reclamaciones al desgaire. Desde que le cambiaran el teléfono de tubo por uno de diadema, sus manos habían quedado libres y no sabía qué hacer con ellas, lo mismo se rascaba la cabeza sin venir a cuento que tamborileaba sobre la mesa inadvertidamente. Hasta que encontraron una ocupación. Comenzó con formas sencillas: un triángulo, una circunferencia, un cuadrado. Estudiaba las figuras a conciencia y cuando quedaba satisfecho del resultado, las depositaba sobre la mesa, con cuidado de no desarmarlas, prestando especial atención a los pasos del Encargado de Sección, no fuera que lo sorprendiera en tales menesteres —el despacho del Encargado de Sección estaba ubicado un plano por encima de los cubículos de los vendedores de seguros, desde donde tenía una vista casi cenital—. Al concluir la jornada, arrugaba las figuras y las arrojaba a la papelera, junto con los demás desperdicios acumulados durante el día. Poco a poco fue adquiriendo mayor destreza y sus composiciones eran cada vez más complejas: donde antes había un cuadrado, ahora emergía un excelso cubo; la circunferencia se convirtió en una esfera bien oronda; el triángulo dio paso a una pirámide que haría las delicias de cualquier faraón. Pero debía andarse con ojo. Ya no servía que dejara las figuras sobre la mesa, puesto que el Encargado de Sección podría verlas desde su atalaya (una figura plana se podía confundir fácilmente entre el montón de papeles, no así el volumen delator de un cilindro). Ahora las guardaba en un cajón y esperaba a que todos se hubieran marchado de la oficina para llevárselas a casa sin ser visto, y las dejaba a buen recaudo en los altillos de los armarios. Pronto comenzó a aburrirse de las representaciones geométricas —al fin y al cabo, no había tantas— y ensayó nuevos diseños. Así, aprendió a hacer caras, a las que fue añadiendo expresiones, luego le dio por representar monumentos, más tarde se especializó en vehículos. Habría que verle ahora: en compensación por las muchas horas que había pasado encerrado en su cubículo, le nombraron Encargado de Sección cuando el anterior se jubiló. No cabía en sí de gozo. Ya podía ejercer su afición sin temor a ser sorprendido. Tan sólo debía cuidarse de las visitas esporádicas del Jefe de Área que, por lo general, se anunciaban con al menos un día de antelación. Con todo el tiempo a su disposición, no había figura que se le resistiese. Manipulaba los dedos con una habilidad inaudita, haciendo gala de ardides de prestidigitador, y pronto aprendió a dotar a sus figuras de movimiento, y de aquel barullo de falanges y uñas y palmas surgía de pronto un río atravesando un valle, y un dos caballos avanzando a trompicones en el suplicio de la hora punta, y un niño volando una cometa ante la mirada atenta de sus padres, y un hombre encerrado entre las mamparas de su cubículo, atrapado en su pecera de aire y tiempo, que juntaba las yemas de los dedos y componía múltiples figuras.
El Viajero Solitario nació ideológicamente en el Sur. Cursó estudios universitarios por allá cerca, lo que le abocó irremediablemente a un trabajo precario y a un sueldo bizco. Es un gran amante de la lectura, afición que ha contribuido a mejorar el léxico de su pareja, que se ha visto obligada a recurrir con frecuencia al diccionario en busca de nuevas variantes de recriminaciones para demandar atención.
Actualmente escribe a ratos.
"Ejemplos para los niños: Macleod ya no era él, desde hacía muchos años; era el puesto que ocupaba. Estaba determinado por lo que le habían hecho creer que era; antes de pensar, pensaba qué le correspondía pensar a un norteamericano trasplantado, con tal empleo, tal edad, tal sueldo. Antes de desear pensaba... ¿Se entiende mejor?" LA VIDA BREVE, Juan Carlos Onetti
"Todo dura siempre un poco más de lo que debería" RAYUELA, Julio Cortázar
"Lo importante es que existiese aquella habitación; saber que estaba allí era casi lo mismo que hallarse en ella" 1984, George Orwell
"La vida está llena de problemas, aunque en Barcelona, en aquellos años, la vida era maravillosa y a los problemas los llamábamos sorpresas" LOS DETECTIVES SALVAJES, Roberto Bolaño